sábado, 24 de junio de 2017

Adios



Encogió la piernas bajo su barbilla, con los brazos abarcándolas para evitar salir corriendo, en ese momento estuvo segura de que si sus pies tocaban el suelo, aunque todos los pecados del mundo cayeran sobre ella correría a abrazarlos con tal de llegar a él. Los hilos invisibles que la ataban a sus ojos, al mar oscuro de su pelo alborotado, serían atraídos como imanes y todos los átomos de su pobre voluntad reventarían desechos por la habitación.



Su mente vagó recreándose en ese mundo amado, sin darse cuenta había empezado llamarle por su nombre, muy bajito, como en un susurro rezado; los dientes castigaron su lengua por no hablar, se mordió tan fuerte que notó la sangre en su boca, las palabras se desmenuzaron antes de salir.

Balanceándose sin darse cuenta, los dedos comenzaron a quemar, a doler como pinchados por mil agujas, los miró embobada un segundo, ¿como era posible ese dolor?  ¿tan fuerte era el recuerdo de la piel de sus manos?, y echó de menos la otra piel contra la suya.
Así entre dolor y ensueño pasaron las horas más largas que podía recordar.
El amanecer hizo amago de entrar por la ventana, ella levantó la cara esperando el primer rayo de sol, pero como si de un castigo se tratase, este nunca llegó.
Haciendo un esfuerzo pero aún con precaución se movió de su refugio, olvidando el hormigueo de las entumecidas piernas, necesitaba ver que quedaba de su amor tras la ventana, abrió las cortinas y encontró un día tan feo como ella sentía su interior, lleno de nubes que parecían gente enfadada, que la miraban como si fuese un monstruo al que odiar.
Lloró por  que no quería ser un monstruo, pero no podía evitar notar un puño sobre el estómago, la presión en la cabeza, las ganas de vomitar el vacío.

En su pensamiento, un recuerdo, esos ojos poblados de oscuras pestañas, ese pelo oscuro de ondulado mar, esas manos fuertes y suaves, las piernas largas de andar resuelto, el aliento... .
Nadie transitaba las calles de adoquines, la tierra parecía querer detenerse, como echándole en cara su error. Tuvo una esperanza que se negó al instante.

Nada, sólo el viento suspiró en su oído antes de tenderse en la vacía cama, estaba hecho, podía dejarse morir en paz.